Entonces, acá me encuentro, con un inmenso interrogante que cabe en la palma de mimano, y que hasta el día de hoy nadie sabe efectivamente de dónde viene: el Tarot, unabaraja de 78 cartas que lleva siglos hablándole a quienes se atreven a mirarse en susespejos.A diferencia de otros saberes que tienen un punto de partida claro, el Tarot —y enespecial el de Marsella— parece resistirse a tener un origen preciso. Este vacío deevidencia abre un espacio fértil para los interrogantes, la imaginación y latransformación personal.Los arcanos encierran el misterio y descubren el secreto a la vez; y el hecho de que nadie sepa con certeza su verdadero origen, lejos de parecerme un problema, me parece fascinante. En un mundo donde todo busca tener un comienzo claro, el tarot se escapa, se oculta o tal vez se disuelve, como un sueño que no puede atraparse del todo. A lo largo del tiempo, se han tejido múltiples hipótesis sobre su origen: como que el tarot es un legado del Antiguo Egipto y que las cartas contienen la sabiduría ancestral transmitida secretamente para sobrevivir a la decadencia espiritual de Occidente. Otras teorías comentan que el tarot fue llevado a Europa por los nómades del norte de India, los gitanos, e incluso que proviene de China como polizón en los barcos de la ruta de la seda. Estas versiones transmiten que el tarot es una sabiduría viajera, sin territorio fijo y siempre disponible para quien desee cruzar sus propios umbrales.También hubo quienes descubrieron en la Italia del siglo XV el uso de cartas de tarot como juego de la nobleza. Hasta que llegamos a Francia, particularmente a Marsella, el punto de cruce cultural entre oriente y occidente, el lugar de las imprentas, los alquimistas y los herejes; allí floreció el tarot que guarda en imágenes el mapa de la iniciación del alma, no obstante, nadie sabe quién lo dibujó primero, ni bajo qué intención exacta. Entonces, más allá de fechas, rutas, o leyendas… ¿cómo poder revelar su génesis? Quizás la procedencia del tarot no esté en un “cuándo” o un “dónde", probablemente, como las canciones o los sueños, simplemente vino y se deja canalizar por personas que no necesitan firmar la obra, porque la obra no es suya. Según Jung, el tarot no fue inventado, sino revelado desde el inconsciente colectivo, y se expresa a través de arquetipos en manos de artistas anónimos. Tal vez, como diría Jodorowsky, es el alma humana en busca de sentido. Y en un mundo obsesionado con explicar y clasificar todo, el tarot nos recuerda que hay misterios que no deben resolverse, sino vivirse.Sin ir más lejos, su origen es tan desconocido como lo somos nosotros mismos, esto lo convierte en algo vivo, porque lo que no tiene dueño, lo que no tiene una única explicación, puede pertenecer a todos. Ahora bien, quiero decirles lo que para mí es el Tarot: es un lenguaje infinito y vivo, el atlas del alma, un espejo que habla en imágenes y en silencios y que no necesita tener un punto de partida para tener destino, es un Ser en sí mismo, la humanidad revelada… El Tarot me conmueve profundamente, porque cada vez que lo despliego en una lectura sigue naciendo, en cada persona que lo toma con respeto, con curiosidad, con entrega, el tarot vuelve a empezar, y en ese ritual, yo también me reconozco, una y otra vez, como si el origen estuviera ocurriendo ahora mismo.

Martina Oliva