Tengo un inmenso interrogante, y cabe en la palma de mi mano: el Tarot de Marsella. 78 cartas que llevan siglos hablándole a quienes se atreven a mirarse en sus espejos.
A diferencia de otros saberes que tienen un punto de partida claro, el Tarot parece resistirse a tener un origen preciso.
Este vacío de evidencia abre un espacio fértil a continuos interrogantes, transformaciones profundas y creación.
El hecho de que nadie sepa con certeza el verdadero origen de este mazo, me parece fascinante. Las cartas encierran el misterio y descubren el secreto a la vez.
Y para quien no está listo, el tarot se escapa, se oculta o tal vez se disuelve, como un sueño que no puede atraparse del todo. La baraja contiene sabiduría ancestral secretamente guardada y es una super herramienta para sobrevivir y transmutar la decadencia espiritual de estos tiempos. Sabiduría viajera, de alquimistas y herejes, sin territorio fijo y siempre disponible para quien desee cruzar sus propios umbrales sin la necesidad de firmar la obra, porque lo que no tiene dueño, pertenece a todos. El tarot no fue inventado, sino revelado y se expresa a través de las manos en búsqueda de sentido.En un mundo que olvidó la simpleza, y está obsesionado con la inmediatez y las etiquetas; el tarot es un faro que me recuerda que el tiempo no es lineal y que la paz llega cuando acepto a los personajes que me habitan.
El origen de los arcanos es tan desconocido como lo somos nosotros mismos,
El Tarot es un lenguaje infinito y vivo, el atlas del alma, un espejo que habla en imágenes y a veces en silencios, es un Ser en sí mismo, la humanidad revelada que me mueve y conmueve.
En cada persona que lo toma con respeto, apertura y entrega, el tarot sigue naciendo. Cada vez que lo despliego, vuelve a empezar, y en ese ritual, yo también me recuerdo y reconozco, una y otra vez, como si el origen estuviera ocurriendo ahora mismo.
Marti - Julio 2026